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El domingo al mediodía, tras el empate la noche anterior ante Alianza Atlético, corrió el rumor de la renuncia del entrenador blanquiazul, Roberto Mosquera, noticia que fue confirmada en las horas venideras, el director técnico que había sido recibido con todos los honores, bautizado como Mosquera, en alusión al portugués Mourinho, se iba por la puerta falsa, con intentos de agresiones de parte de la barra blanquiazul, criticado por la falta de un estilo definido en el cuadro grone, avalado por los malos resultados de local obtenidos en Matute.

Lo ocurrido con Mosquera es una historia repetida en el fútbol peruano, la inestabilidad laboral total de los entrenadores en nuestro balompié, aunada a una dirigencia incapaz de trabajar a largo plazo, improvisada muchas veces y carente de una visión diferente para mejorar el deporte rey; ahora con esto, no pretendemos defender al profesor Mosquera, sabido es la poca empatía que había con el plantel, base fundamental para asegurar una buena campaña, el grupo no comulgaba con él, eso se notaba; la acción que tuvo al inicio del campeonato contra Atoche, en pleno partido, fue como diríamos el Waterloo para Mosquera, su ego un poco alto, que no es malo, pero en nuestra sociedad, pasa a ser un defecto más que una virtud, fue otro de los factores que no ayudaron en su permanencia en tienda íntima.

El trabajo a largo plazo no existe en el fútbol peruano, creemos que somos potencia a nivel sudamericano, cuando nunca lo fuimos, olvidamos que nos eliminan sin problemas en cuanto certamen internacional participamos, ahora último en Copa Sudamericana, nuestros 4 equipos fueron sacados sin pena ni gloria del torneo internacional; lo del Melgar es un intento interesante, más allá de la personalidad bastante especial de Reynoso, la dirigencia arequipeña, lo mantiene por segunda temporada, a pesar de la vergonzosa Copa Libertadores que tuvo donde no obtuvo punto alguno, sin embargo lo dejaron y el cuadro mistiano es protagonista en nuestro torneo.

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